2. Lecturas Lindas: Rey, Pennac y Galeano

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Uy uy uy!!! Qué combo impresionante de Lecturas Lindas que tuvimos hoy!!!
Rápidamente nos despabilamos de la mano de excelentes textos que nos acercaron dos compañeras de la comisión más copada de Comunicación!


Pilar Martinez nos trajo:

De Manuel Lueiro Rey
a Pablo Picasso, con esperanza, siempre con esperanza…
“El niño que tenía un oso de trapo”
Si el niño hubiese llegado a hombre, yo sé que trataría de humanizar con esfuerzo la materia grosera que perdura aún desparramada por el ancho mundo en que vivimos.
El niño iría pisando los caminos del mundo, haciendo intentos parar abrir los horizontes nuevos a las miradas ciegas de las gentes ciegas.
Si el niño hubiese llegado a hombre, yo sé que amaría la piedra y el árbol, el agua de los torrentes, la espiga madura del trigo, la fuerza ayudadora del viento, las aspas limpias de los molinos de Castilla…
En cada cosa -¡la tierra!..¡el agua!… el pan! – buscaría con denuedo los bienes por los cuáles el hombre ha de luchar.
Si el niño llegase a hombre, yo sé que amaría el perro que defiende la casa de labranza, el caballo de tiro, a las gallinas caseras del gallinero casero; amaría la oveja y la abeja- ¡la lana!…¡la miel!…- los gatos ratoneros, los pájaros libres, los peces fríos del río, las paloma inocentes, las meseta y la montaña, la espuma del mar…
Si el niño hubiese llegado a hombre, amaría el fuego, la energía que se esconde en la naturaleza viva, las voces humanas de los vecinos, el trabajo eficiente de todos, el bien colectivo…
Pero aquél niño
Solamente tenía seis años de vida
Un puñado de horas, un breve puñado,
Un puñado de barro, un puñado de sal,
Y amaba a su oso de trapo…
El oso de trapo era el único juguete de que disponía. El oso de trapo era la verdad de su tiempo. El oso de trapo estaba siempre con él. Los dos veían cómo los días pasaban madurando el instinto..
El niño sabía que el oso era un animal de trapo, gozando de sus pasiones inocentes, penetrando en sus secretos, presente en sus ansias desbordadas.
El oso de trapo, sin saberlo ya tenía un pedacito del corazón del niño. Él se lo había dado. Un pedacito del corazón que latía al mismo ritmo del corazón del niño.
En la tela de sus patas, en la curva de su lomo, en el brillo de sus ojos de cristal, en el silencio incomprensible del aserrín de su relleno, ya había penetrado la vida del niño como un hermoso misterio latente..
Era un oso pequeño, inofensivo, Un oso blanco de trapo. Pero ya tenía un pedacito del corazón del niño…
Una vez en que el niño jugaba a la puerta de su casa, sentado en la piedra de su acera, le preguntó al oso de trapo:
-Cuando yo me muera…¿tú qué harás?
El oso no dijo nada. Dobló la cabeza sobre la mano inocente del niño y lo miró fijamente con sus ojos de cristal.
El niño entonces le dijo:
_¡Tonto!… Cuando yo me muera de viejo quiero que te entierren conmigo.
Pero no fue así. No. No fue así como el niño pensaba.
¡Un día alguien trajo la muerte!
El niño jugaba en la plaza del pueblo… Sobre a tierra firme de la plaza del pueblo…Gozando del sol claro del sol de abril….
Entre las ramas de los árboles, con la savia nueva, se oía el piar de pájaros libres…Y el sol batía en el cristal de las ventanas libres…Y el aire removía los cabellos libres del niño…Y las mujeres voceaban libremente en el mercado del pueblo…
¡Libre era todo!
¡La voz del hombre!
¡El juego el niño!…
¡El agua!…
¡El viento!…
¡la luz!
¡El sol!….
¡Libre era todo!
De pronto un vuelo de cuervos dejó caer la muerte desde el cielo. La muerte caía desde el cielo sobre los tejados de las casas del pueblo en forma de metralla…
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Y entonces…
Hubo un caballo desventrado,
atravesado por una lanza…
Y una casa en llamas…
Y esparcidos la cabeza y los brazos
de un hombre muerto…
y una mano empuñando una espada
rota…
y una mujer desnuda a rastras…
y en una ventana
un perfil gigante de otra mujer llorando, con los pechos y las manos separadas encima del alféizar…
y un brazo extendido hacia fuera sosteniendo una antorcha encendida…
y otra mujer, rodeada de llamas, levantando los brazos al cielo…
Y un toro en actitud belicosa, con la cabeza vuelta hacia un lado y la cola levantada…
Y un pájaro alargando el cuello, con el pico abierto…
Y delante del toro, otra mujer gritando porque llevaba en los brazos al niño muerto…
¡En el suelo oscuro, lleno de sangre inocente, una flor, sólo una flor…!
Al niño lo enterraron sin el oso de trapo. En la tabla que señala su tumba – un puñado de tierra, un puñado de silencio- se puede leer:
EL niño
Antonio Zabalagoitta Echevarría
Muerto en el bombardeo
De los aviones alemanes
El día 26 de abril de 1937
GUERNICA
Pero yo sé que si aquel niño hubiese llegado a hombre, seguiría pisando la tierra con firmeza, buscando los caminos nuevos, porque tenía los ojos llenos de esperanza.

Lueiro Manuel Rey , nació en Fornelos Forestal el 9 de abril de 1916 y murió en el Grove en octubre de 1990 , fue un escritor y periodista gallego.
Aunque nació en Fornelos, Forest Grove se trasladó a cuando tenía sólo siete años. Comprometidos con las ideas progresistas democráticas de los militares de metro Partido Comunista . Desde 1944 trabaja como técnico en el Ministerio de Hacienda en Pontevedra y se desarrolla una abundante producción literaria. Formó parte de la generación llamada 36.
En 1966 obtiene el premio Ciudad de Oviedo, con Manso, novela que publica en 1967 en España, mutilado por la censura que se dará a conocer en su totalidad en Buenos Aires al año siguiente y se traducirán a la lengua gallega en 1996. Escrito en español, no debe crecer (1974) fue su primer libro en gallego, que siguió a varios poemarios, algunos de ellos publicados póstumamente.

Luego, Paula Licausi nos deleitó con:

El derecho a no leer (Los derechos imprescriptibles del lector) – Daniel Pennac
Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos -y en este caso con el derecho a no leer- sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa.
Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de la que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros periodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar los miasmas de la indigestión.
Pero lo más importante está en otra parte.
Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas de la universidad, incluso “eminentes” -de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Sutano ha dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho -pero, ahí está, no leen. Allá ellos.
La idea de que la lectura humaniza al hombre es justa en su conjunto, a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más humano, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos fiera), después de haber leído a Chejov que antes. Pero cuidémonos de flanquear este teorema con el corolario según el cual todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino redhibitorio. Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y este es el comienzo de una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la moralidadde los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertar inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo.
En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer.
El deber es educar, por su parte, consiste, en el fondo, en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles medios para juzgar con libertad si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea -o se crea- rechazado por ella.
Es una tristeza inmensa, una soledad en la soledad, estar excluidos de los libros, incluidos aquellos de los que se puede prescindir.

Por último y ya embargados por una emoción apabullante, nos dejamos llevar por Eduardo Galeano al conmemorar el 51° aniversario del intento de golpe en Cuba, el asalto a Bahía de los Cochinos – Playa Girón.

Memoria del Fuego [fragmento] – Eduardo Galeano
A contraviento, a contramuerte, siempre de ida, nunca de vuelta, la revolución cubana continúa escandalosamente viva a no más de ocho minutos de vuelo de Miami. Para acabar con la insolencia, la CIA lanza una invasión desde Estados Unidos, Guatemala y Nicaragua.
Somoza II despide en el muelle a los expedicionarios. El Ejército Cubano de Liberación, que la CIA ha fabricado y puesto en funcionamiento, está formado por militares y policías de la dictadura de Batista y por los desalojados herederos de las plantaciones de azúcar, los bancos, los diarios, los garitos, los burdeles y los partidos políticos.
– ¡Tráiganme un par de pelos de la barba de Castro! -les encarga Somoza.
Aviones de los Estados Unidos entran en el cielo de Cuba. Están camuflados. Llevan pintada la estrella de la Fuerza Aérea Cubana. Los aviones ametrallan, volando bajo, al pueblo que los saluda, y descargan bombas sobre las ciudades. Tras el bombardeo, que prepara el terreno, los invasores desembarcan en los pantanos de la Bahía de Cochinos. Mientras tanto, el presidente Kennedy juega al golf en Virginia.
Kennedy ha dado la orden, pero había sido Eisenhower quien había puesto en marcha el plan de invasión. Eisenhower había dado su visto bueno a la invasión a Cuba en el mismo escritorio donde antes había aprobado la invasión de Guatemala.
El jefe de la CIA, Allen Dulles, le aseguró que acabaría con Fidel Castro como había acabado con Arbenz. Sería cosa de un par de semanas, día más, día menos, y el mismo equipo de la CIA se haría cargo del asunto: los mismos hombres, desde las mismas bases.
El desembarco de los libertadores desencadenaría la insurrección popular en la isla sometida a la tiranía roja. Los espías norteamericanos sabían que el pueblo de Cuba, harto de hacer colas, no esperaba más que la señal de alzarse.
1961 – Playa Girón
La segunda derrota militar de los Estados Unidos en América Latina
En tres días acaba Cuba con los invasores. Entre los muertos, hay cuatro pilotos norteamericanos. Los siete buques, escoltados por la Marina de Guerra de los Estados Unidos, huyen o se hunden en la bahía de los Cochinos.
El presidente Kennedy asume la total responsabilidad por este fiasco de la CIA.
La CIA creyó, como siempre, en los informes de sus pícaros espías locales, que cobran por decir lo que gusta escuchar; y, como siempre, confundió la geografía con un mapa militar ajeno a la gente y a la historia. Las ciénagas que la CIA eligió para el desembarco habían sido el lugar más miserable de toda Cuba, un reino de cocodrilos y mosquitos, hasta que la revolución llegó. Entonces el entusiasmo humano transformó estos lodazales, fundando en ellos escuelas, hospitales y caminos. La gente de aquí fue la primera en poner el pecho a las balas, contra los invasores que venían a salvarla.
1961 – La Habana
Retrato del pasado
Los invasores, parásitos y verdugos, jóvenes millonarios, veteranos de mil crímenes, responden a las preguntas de los periodistas. Nadie asume la responsabilidad de Playa Girón ni de nada; todos eran cocineros de la expedición.
Ramón Calviño, célebre torturador en los tiempos de Batista, sufre amnesia total ante las mujeres por él golpeadas y pateadas y violadas, que lo reconocen y lo increpan. El padre Ismael de Lugo, capellán de la brigada de asalto, busca amparo bajo el manto de la Virgen.
Él había peleado del lado de Franco en la guerra española, por consejo de la Virgen, y ahora invadido Cuba para que la Virgen no sufra más contemplando tanto comunismo. El padre Lugo invoca una Virgen empresaria, dueña de algún banco o plantación nacionalizada, que piensa y siente como los otros mil doscientos prisioneros: el derecho es el derecho de propiedad y de herencia; la libertad, libertad de empresa. La sociedad modelo, una sociedad anónima. La democracia ejemplar, una asamblea de accionistas.
Todos los invasores han sido educados en la ética de la impunidad. Nadie reconoce haber matado a nadie. Y al fin y al cabo, tampoco la miseria firma sus crímenes. Algunos periodistas les preguntan sobre las injusticias sociales, pero ellos se lavan las manos, el sistema se lava las manos: los niños que en Cuba y en toda América Latina mueren a poco de nacer, mueren de gastroenteritis, no de capitalismo.

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