Ficha: Leer/Navegar en Internet. Las formas de lectura en la computadora.

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Este texto es una adaptación del Capítulo 4 “Comparaciones entre lectura en papel y en pantalla” del libro Leer/Navegar en Internet. Las formas de lectura en la computadora de Fernando Albarello. Buenos Aires, 2011. La Crujía.

Comparaciones entre lectura en papel y en pantalla. Cap. 4. Pág. 134 – 142.

En este aparatado, el autor analiza y sistematiza las respuestas de un grupo de personas a las que entrevistó para la investigación que dio como resultado el libro citado, respecto de estos dos tipos de lectura a partir de en tres ejes: Calidad/Frialdad; Comodidad/Incomodidad y Concentración/Dispersión.

1) Calidez/Frialdad:
La calidez está relacionada con la lectura de libros como objetos de placer. Se la vincula con cierta sensación envolvente que despertaría la lectura de un libro impreso, con la posibilidad que da el objeto de dejar huellas de la lectura, con la emoción de “hojear” un libro.

La frialdad, por el contrario, se la usa para referir a la lectura en pantalla. Este tipo de lectura en general se la vincula con una lectura que se realiza ya no por deseo o placer, como en el caso del libro, sino por necesidad. La pantalla pareciera incitar a una lectura veloz, superficial, utilitaria, relacionada muchas veces con los programas o aplicaciones de conversaciones.

2) Comodidad/Incomodidad
La comodidad pareciera estar del lado de los libros debido a su portabilidad, a una práctica ritual que incluye al ambiente en la lectura, invita a olvidarse del entorno y el tiempo para “meterse” en el relato.
Sin embargo, el autor le otorga una comodidad a la lectura en pantalla: “es más práctica para editar y trasladar textos”.

La incomodidad, colocada del lado de la lectura en pantalla, refiere a la disposición del texto en la pantalla que lo hace más difícil de manipular así como de controlar el acto mismo de lectura. Nunca estamos frente al texto completo, frente a un volumen acabado en presencia, a diferencia de lo que nos pasa frente a un libro. Por otro lado, pareciera no estar permitido el olvido del entorno. Las condiciones de lectura en pantalla se mantienen explicitadas todo el tiempo.

3) Concentración/Dispersión
El papel pareciera favorecer más la concentración ya que no hay otros elementos que dispersen como en la pantalla.

Sin embargo, no se puede decir que un tipo de soporte sea mejor que otro o que pueda reemplazarse uno por otro, ya que las lecturas en papel y en pantalla se consideran complementarias según las estrategias de lectura de cada lector.

Estrategias de lectura/navegación en la pantalla. Cap. 4 Págs. 142 y ss.

El autor establece una distinción entre usuario y navegador, dos actitudes que puede asumir una misma persona en diferentes momentos de una misma sesión.
Mientras el usuario es aquel que busca información, el navegador explora, investiga, recorre, se entretiene, pasea erráticamente, sin rumbo, más como un pasatiempos que como una tarea.
La navegación es el concepto usado para hablar del rol activo del lector, quien determina activamente el orden en el cual leen los nodos. En ese sentido, hay dos tipos de acciones:
*leer las páginas para encontrar un camino dentro del sitio (leer para navegar)
*navegar para encontrar y leer información para cumplir una meta (navegar para leer)
Esto demuestra que el concepto de lectura no es suficiente pero tampoco el de navegación. Entonces, el autor propone el uso del término lectura/navegación.
La pantalla propone un tipo de lectura que podemos llamar Pantallazo o Vistazo previo que se utiliza para decidir si se lee o no un texto en la PC. También se la puede pensar como una lectura provisional o transitoria, evaluativo, una “lectura en fuga” constante.
Pero también se puede pensar que propone una lectura lineal y un a lectura no lineal. Mientras la primera puede ser considerada una “lectura focalizada”, parecida a la del texto impreso, la lectura no lineal estaría vinculada con un tipo “no estructurado”, “mezclado”, “disparatado”, “incoherente”, que se usa para leer algo rápido.
El autor concluye como evidencia el carácter metamedium de la pantalla que genera estrategias de lectura dadas por la existencia de una multiplicidad de estímulos que invitan a otras prácticas diferentes a la lectura tradicional y todas compiten por la atención del lector.
De aquí, lo que el autor llama “Remediación de la lectura”: toma elementos de la lectura del impreso y genera otros nuevos y todos funcionan complementariamente según las metas y estrategias de lectura.

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Ficha: El proceso de lectura de Hipertextos, ¿una nueva forma de leer?

Este texto es un resumen de las conclusiones presentadas en el artículo “El proceso de lectura de Hipertextos, ¿una nueva forma de leer?” de Kenia Lugo de Usategui, publicado en la revista Educere. Investigación arbitrada. Año 9, N° 30. Jul/ag/Sep de 2005. Pág. 365/372
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La influencia de los soportes textuales en las prácticas de lectura: un recorrido por la historia de los textos escritos

Por Cecilia Reviglio

Éste es un texto que escribí especialmente para el curso de redacción, compilando lecturas diversas sobre la historia de la lectura y la manera en que los soportes de impresión de los textos han condicionado las prácticas de lectura.

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Dos entrevistas singulares en la era de la digitalización de la información

Por Cecilia Reviglio

La irrupción de las tecnologías de la comunicación y la información digitales (TIC) ha traído muchos cambios en los procesos de producción de la información y por tanto, en las rutinas de trabajo de los periodistas.
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El guardián de las palabras

Julio Villanueva Chang es el editor de una revista hecha en Perú, una referencia obligada en el mundo. Estuvo en Rosario, dando una conferencia para periodistas y habló con Rosario/12.

Por Julia Comba
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Gisel Patroni , después de la tragedia en Rosario: “Que las personas vivan intensamente y disfruten de cada minuto”

Una de las sobrevivientes de la explosión de Rosario concedió una entrevista a través de Facebook y contó su milagroso rescate

Por Juan Mascardi
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Ese hombre

Rodolfo Walsh
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El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga.
En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando.
Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano.
-Lo estaba esperando -dice.
-Tenía muchos deseos de conocerlo -aseguro.
Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio.
Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno.
-¿Café? -dice-. ¿Coñac?
Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables.
-A los imperios no los derriba nadie -dice-. Se pudren por dentro, se caen solos.
Solos, pienso.
Parece que adivina.
-Cuando alguien los empuja -dice, recuerda-. En este continente yo los he enfrentado -dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café.
-Café sin cafeína -dice el Viejo-. Es más sano. Mire Vietnam -dice.
Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm.
-Los militares yanquis -explica- son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército.
Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara.
-Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete.
Toma su café sin cafeína.
-Ya no les quedan amigos en el mundo -dice.
-Si estos se salvan -dice- será porque tienen dos océanos de por medio.
-Pero a usted lo derrocaron.
-A mí me derrocó la Sinarquía -aclara-. Después vinieron a buscarme. Los yanquis -dice, rememora-. Cuántas veces.
-Y usted.
Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo.
El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma.
-Me los manda Fidel -dice el Viejo-. Cómo están por allá.
-Siempre preguntan por usted.
Es cierto: siempre preguntan por él.
-Esperaban su visita -digo.
-Me hubiera gustado ir -suspira-. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú.
El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar.
El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de -un adversario que evolucionó-, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos.
-Tenía el fuego sagrado -dice el Viejo-. Lástima que no trabajara para nosotros -y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe.
-Él pensaba que había que apurarse.
-Sí, pero ya ve.
-Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros -digo-. Por eso estaban apurados.
-La guerra es larga -responde sin apuro.
Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante.
Si él quisiera, pienso.
La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista.
Pero el Viejo vuelve, se sienta.
-Otro café -dice.
De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe.
-Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo.
-Cuándo entonces -digo.
-Yo he esperado mucho.
Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos.
El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína.
-Es un buen muchacho -sugiere-. Le voy a contar un chiste -sugiere.
Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa.
Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone?
-¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario -dice el Viejo-. -Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria?
Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero.
Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer.
-Esa mujer -digo.
Su cara es gris. Una muralla.
-Creo que la quemaron -dice.
-No la quemaron -fantaseo-. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre.
-Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá.
-Y los otros muertos -quiero saber-. Los fusilados, los torturados.
Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes.
-El pueblo pedirá cuentas.
¿Cuándo?
-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57.
¿Por qué no ha vuelto a salir?
-Porque yo no he querido -dice.
¿Cuándo, general, cuándo?

Este cuento fue publicado en Walsh, Rodolfo (2007) Ese hombre y otros papeles personales. Edición y prólogo de
Daniel Link. Buenos Aires: De la Flor.

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La lectura como un proceso central en la escritura

(El texto aquí presentado es un fragmento de John Hayes (1996) “Un nuevo marco para la comprensión de lo cognitivo y lo emocional en la escritura”, en The science of writing, Lawrence Erlbaum Associates, New Jersey, 1, 1-27)

por John Hayes

Como se discutió previamente, la lectura para evaluar el texto es un componente central de la revisión. La deficiente competencia en la evaluación de los textos, tal y como Hayes et. al. (1987) informaron, lleva con seguridad a revisiones pobres. Además de leer para evaluar, otras dos clases de lectura tienen un im- portante papel en la escritura: la lectura de las fuentes textuales y la lectura para la definición o comprensión de tareas.

1. Lectura de las fuentes textuales
Las fuentes textuales proporcionan con- tenidos a los autores, esto es, informaciones que ningún lector competente podría inferir del texto fuente. Si los escritores, sin embargo, no son lectores competentes, si simplifican o entienden mal los textos fuente, su propio texto, que interpreta o resume aquellas fuentes textuales, se resentirá. Zasloff (1984), por ejemplo, estudió a un grupo de estudiantes a los que se les solicitó que resumieran un ensayo con la forma «Otros toman la posición A pero yo tomo la posición B». Algunos estudiantes interpretaron mal el ensayo al sugerir que el autor asumía la posición A. Como resultado, estos estudiantes recibieron notas muy bajas por sus resúmenes escritos. Spivey (1984) descubrió que aquellos estudiantes que escribieron resúmenes más apropiados, tendían a obtener mejores puntuaciones en los tests de lectura que aquellos otros que escribieron resúmenes menos acertados. Chenoweth (1995) encontró que los hablantes de inglés no nativos tenían una dificultad particular al identificar los puntos principales de un ensayo, sugiriendo que estos estudiantes podrían no haber estado respondiendo a las sugerencias del texto que indicaban la importancia relativa de la información.
Sin embargo, la lectura de los textos fuente no es, simplemente, una actividad que proporciona a los lectores un cono- cimiento sobre un tema. Los lectores pueden formarse al menos tres representaciones diferentes cuando leen: una representación del tema o asunto del texto, una representación de la persona del autor y una representación del texto según su disposición espacial.

Representación de la persona del autor
A la representación que el lector se hace del texto hay que agregar la que se hace de la personalidad del escritor. Hatch, Hill y Hayes (1993) pidieron a varios jueces que leyeran algunas solicitudes de ingreso en la universidad y que identificaran los rasgos de la personalidad de los autores. Descubrieron que los jueces mostraban un acuerdo substancial en los rasgos de la personalidad que atribuye- ron a los autores. En un segundo estudio, Hatch et. al. (1993) encontraron que estos juicios sobre la personalidad predecían si el tribunal de admisión universitario iba a votar favorablemente o no la admisión de los autores de las solicitudes. De esta manera, en lo que con- cierne a este texto al menos, la representación de los lectores sobre el autor parece haber desempeñado un papel im- portante en el funcionamiento del texto. Finalmente, Hatch et. al. (1993) mostraron que los juicios de los lectores sobre la personalidad del escritor podían ser influidos y dirigidos modificando el estilo del texto y dejando su contenido sin cambios. En uno de los textos, por ejemplo, una estudiante describió una obra que ella y sus amigos habían producido. Cuando el texto fue modificado median- te la sustitución de la palabra «nosotros» por la palabra «yo», se produjo una acusada disminución de los juicios sobre el autor como «simpático» o «sensible a los otros».
Hill (1992) solicitó a estudiantes universitarios que valoraran los rasgos de la personalidad de escritores que hubieran escrito ensayos del tipo «a favor o en contra» sobre un asunto controvertido (legalización de las drogas). Descubrió que las valoraciones eran mucho más positivas para el escritor que estaba de acuerdo con la posición personal de quien estaba evaluando que para el escritor que no lo estaba. Schriver, Hayes y Steffy (1994) solicitaron a estudiantes de la escuela primaria y secundaria que expresaran sus juicios sobre el texto, los gráficos y el autor de un informe de educación sobre las drogas. Encontraron que los estudiantes percibían a los escritores, a menudo, como gente que no era una comunicadora fiable. Por ejemplo, los estudiantes caracterizaron a los escritores como a gente que obtenía sus informaciones de los libros y no de la experiencia, y como gente que era diferente a ellos mismos tanto en edad como en procedencia social.
Estos resultados sugieren que la re- presentación que se hace el lector del autor puede tener un papel importante en la manera en que los lectores respondan al texto. Más todavía, en algunos casos la aceptación del argumento del escritor puede depender más de cómo caiga el escritor como persona, que de la calidad misma de los argumentos.

Representación de un texto según su disposición espacial
Los textos, aún cuando consistan simplemente en secuencias de frases sin ningún rasgo gráfico obvio como imágenes, tablas o gráficos, poseen todavía atributos espaciales importantes. Por ejemplo, Rothkopf (1971) descubrió que los individuos que leían distintos ti- pos de textos impresos mostraban una capacidad de recuerdo significativa para la localización espacial de la información que leían. Fue más que una casualidad el que los lectores localizaran en qué página y dentro de qué texto estaba situada la información. Haas y Hayes (1986) descubrieron que los lectores se formaban una imagen espacial menos precisa del texto cuando leían tan sólo una página cada vez en una pantalla de ordenador, que cuando lo hacían en una copia en papel a doble página. Además, proporcionaron pruebas que conectaban las imágenes espaciales que los lectores se hacían del texto con su éxito en la búsqueda de información en el mismo.
Bond y Hayes (1984) solicitaron a varios lectores que reconstruyeran los párrafos en fragmentos de textos en los que se había eliminado toda marca de párrafo. En un caso, el texto original permaneció inalterado. En otro caso, el texto original fue degradado reemplazando ciertas categorías de palabras (por ejemplo, sustantivos) con X. En el caso más extremo, todas las palabras fueron reemplazadas con X. Los resultados fueron que los lectores mostraron el acuerdo más completo al reconstruir los párrafos de los textos que no habían sido degradados. Pero también un acuerdo significativo cuando todas las palabras habían sido sustituidas por X. Para dar cuenta de sus datos, Bond y Hayes (1984) propusieron un modelo de reconstrucción de párrafos que incluía rasgos lingüísticos y espaciales del texto.

2. Leer para entender la tarea
Leer para entender la tarea que se le demanda al escritor es otra importante función de la lectura. Es un género especial de lectura que moldea la interpretación que el escritor hace de la tarea de la escritura en la escuela y en el trabajo. El éxito al desarrollar esta clase de tareas en la es- cuela parece depender de la habilidad en la interpretación de términos tales como «describir», «argumentar» e «interpretar». En muchas tareas de escritura en la escuela y, posiblemente, también, en otras demandas de escritura en otros ámbitos, se juzga que un texto es inadecuado porque el escritor ha ejecutado la tarea equivocada. Por ejemplo, cuando se encarga a unos estudiantes que analicen un artículo, responden, a menudo, resumiéndolo. Chenoweth (1995) presentó un estudio sobre este tipo de lectura en el que se mostraba a los estudiantes un examen junto a cuyas preguntas se proporcionaban las respuestas que otros estudiantes habían dado a esas preguntas. La tarea fue seleccionar una de las cuatro posibilidades sobre la manera en que podían mejorarse las respuestas. Los profesores y los estudiantes diferieron sistemáticamente en las respuestas elegidas. Los estudiantes tendieron a preferir la sugerencia de mejorar la mecánica. En contraste, los profesores prefirieron la sugerencia de hacer que la respuesta contestara más adecuadamente a la pregunta.

La lectura, entonces, ocupa un lugar central en el nuevo modelo. Contribuye a la realización de la escritura de tres maneras diferentes: leer para com- prender, leer para definir la tarea de la escritura, y leer para revisar. La calidad de los textos del escritor dependen de su capacidad para leer de estas tres maneras.

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Reformulación del modelo de escritura

“La escritura, si es que quiere acontecer, depende, realmente, de una combinación apropiada de condiciones cognitivas, afectivas, sociales y físicas. La escritura es un acto comunicativo que requiere de un contexto social y de un medio”.
John Hayes

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Examen Alumnos Libres

EXAMEN DE ALUMNOS LIBRES:

El examen del alumno libre constará de dos instancias evaluativas de las cuales la primera será eliminatoria.

1)    Redacción de textos con información propia sobre un tema elegido por el alumno.

2)    Realización de un examen escrito sobre las unidades del programa.
El alumno libre deberá concurrir a una consulta obligatoria 30 días antes de la mesa de examen, consulta que deberá solicitar por correo electrónico y en la que presentará por escrito la propuesta de tema a trabajar en el primer momento del examen.

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