La narrativización

Fragmento del libro La crónica periodística. Lectura crítica y redacción de Peralta, Dante y Urtasun, Marta (2007) 2da edición. Buenos Aires: La crujía. Parte III: Nivel discursivo. Capítulo 1: El discurso referido.

También puede darse el caso de la narrativización de la palabra de los otros. En este caso, el cronista sólo se queda con el tema y lo incorpora a su propio discurso. La narrativización puede aparecer sin comillas y en negrita:

Cada vez que el presidente Carlos Menem anuncia sin tapujos que lo más que le quita el sueño es su re-releección, sus ministros juegan e juego que peor juegan pero que más les gusta: esconder el gigantesco si a un tercer período consecutivo detrás del pequeño no que para el menemismo representa la Constitución. Página/12, 11/01/99.

Jordan ridiculizó en su momento al nuevo técnico llamándolo “Pink Floyd”.

En el primer ejemplo, queda claro que el tema reiteradamente anunciado por Carlos Menem es la reelección, pero todo lo demás es discurso del enunciador, reforzado por la alusión, una de las variantes polifónicas, que se verán en el parágrafo siguiente. En el segundo, se narrativiza (ridiculizó) pero a la vez se incorpora un elemento de la voz referida (“Poink Floyd”).

La narrativización elimina las formas verbales de introducción de enunciados referidos. De ese modo, el cronista se presente como el “testigo” de los actos de decir, del enunciado citado. En otros casos, la utilización de para, según y de acuerdo con borra los matices de significados posibles que puede lograrse con la variación de los verbos introductorios.

Para el presidente, la inflación está controlada.
Según el presidente de Petrobrás, es necesario aumentar el precio de los combustibles.
De acuerdo con el Indec, la pobreza bajó al 26.9 por ciento y la indigencia al 8.7.

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La crónica: el rostro humano de la noticia

Pasos esenciales del género, desde la selección del tema hasta la escritura final.

Alberto Salcedo Ramos

Cuando el escritor Albert Camus dijo que el periodismo es el oficio más bello del mundo, tal vez estaba pensando en la información como posibilidad narrativa.

Si el cronista es de raza disfruta su género como si fuera el mismísimo paraíso, pues allí encuentra la posibilidad de contar historias perdurables que le permitan trascender el mero registro de las cifras. La crónica es, además, la licencia para sumergirse a fondo en la realidad y en el alma de la gente. El escritor y reportero Mark Kramer describe ese estado de gracia de un modo bastante certero: “me siento como el anfitrión de una fiesta con invitados inteligentes, invitados que me importan”.

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Los Monos

DE LOS SANTOS  Germán- LASCANO Hernán

Capítulo 10                                   SALVAR A LA FAMILIA (fragmento)

Estaba sentado frente a un escritorio funcional bajo una luz huraña que también mojaba al jefe de la brigada. Tenía puestos unos lentes de montura negra y un buzo celeste de la selección, algo dislocado en el cuerpo, como quien al despertar se ve forzado a tomar lo que hay a mano cerca de la cama. Pero no era temprano, sino las cinco de la tarde, y con el pelo desgreñado y el cuerpo fibroso, terminaba de presentarse en la Jefatura de Rosario, dejando atrás veintidós días febriles con la policía comiéndole los talones.

En el silencio teatral que conlleva el inicio de todo interrogatorio, un ademán seguro y arrogante se le filtraba en los gestos del cuerpo. Le preguntaron dos formalidades para empezar, a las que contestó sobria y secamente. El modo filoso con que acostumbraba comportarse le había dado unidad a sus actos durante más de veinte años y no tardaría en aparecer.

-Ustedes saben que estoy acá porque yo quiero. Esto, para mí, es una pausa. Tengo diez muertes encima, y lo más que pasé preso fue un mes. Entregarme es parte de mi estrategia.

Ariel Máximo Cantero, Guille para todos sus conocidos, había abierto con esas palabras una brecha más profunda entre él y los policías que lo escuchaban. En ese enunciado comprimido estaban contenidas sus ideas sobre las jerarquías del mundo, las nociones sobre su propia historia y sus expectativas del porvenir. A los 25 años era el heredero de un negocio nebuloso y multimillonario hacía treinta días, cuando en la puerta de un boliche suburbano habían exterminado con tres balazos al Pájaro, su hermano  mayor. Estaba habituado a inspirar miedo y respeto. Fuera quien fuese quien tuviera adelante.

-Vine acá para que dejen en paz a mi familia. El negocio lo manejo mejor de adentro que de afuera. Y, además, estar acá me sirve para lo que necesito. Yo soy el cebo. Cuando los que mataron a mi hermano vean en el diario que estoy detenido, van a salir de sus cuevas. Ahí los vamos a cazar. Nosotros tuvimos un velorio. Ahora viene el de Paz, el de Milton y el del Pollo. Les vamos a mandar a sus familias los cuerpos sin cabeza.

 

Capítulo 11                             LOS BÚNKERES (fragmento)

Se llamaba Mario Sevillán, le decían “Carpincho” y palpitó hasta morir con el ochenta por ciento del cuerpo quemado. Era de La Lagunita, un barrio que frecuentaba el Viejo Cantero. Al momento que quedó entrampado en la hoguera del búnker, Carpincho llevaba ocho años vendiendo droga en esos locales. Era adicto desde los 17.

Muchos vecinos desprecian a los chicos que atienden los quioscos de droga, pero no quieren ver a esos pibes convertidos en espectros que mueren torturados, con un sufrimiento horrible. Entonces se inician las reacciones. Vecinos de distintos barrios empiezan ellos mismos a incendiar o destruir los quioscos. También lo hacen por el hartazgo de ver a la policía cerrar los búnkeres que luego reabren, a veces con el trabajo de los mismos que se llevaron detenidos.

Son lugares de tensiones desaforadas que la ciudad no es capaz de leer. Hay personas forzadas al éxodo porque los narcos exigen sus casas para vender droga, otras que eligen la mudanza para no convivir con esa violencia impuesta. Gente que, cuando hay un allanamiento, larga a borbotones la furia, trepando a los techos de las casas con mazas y piquetas para destruir el lugar donde funcionó el búnker. Al que luego retomará el gobierno socialista, mandando topadoras para tirarlos abajo.

A doce días de la muerte del Pájaro, un grupo de habitantes de la zona donde imperan los Cantero junta fuerza tras el asesinato de un soldadito frente a un quiosco, de un balazo en el pecho. Cuando la policía levanta el último rastro de la escena, varios hombres salen de sus casas, trepan al techo del búnker y le prenden fuego. Como ven que la estructura no queda dañada, vuelven a subirse con herramientas y durante horas se agitan hasta que el muro de ladrillos es un montón de escombros.

Esto ocurre en Moreno al 5500, a nueve cuadras de la casa de Monchi.

Los Monos, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2017

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Ficha: Leer/Navegar en Internet. Las formas de lectura en la computadora.

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Este texto es una adaptación del Capítulo 4 “Comparaciones entre lectura en papel y en pantalla” del libro Leer/Navegar en Internet. Las formas de lectura en la computadora de Fernando Albarello. Buenos Aires, 2011. La Crujía.

Comparaciones entre lectura en papel y en pantalla. Cap. 4. Pág. 134 – 142.

En este aparatado, el autor analiza y sistematiza las respuestas de un grupo de personas a las que entrevistó para la investigación que dio como resultado el libro citado, respecto de estos dos tipos de lectura a partir de en tres ejes: Calidad/Frialdad; Comodidad/Incomodidad y Concentración/Dispersión.

1) Calidez/Frialdad:
La calidez está relacionada con la lectura de libros como objetos de placer. Se la vincula con cierta sensación envolvente que despertaría la lectura de un libro impreso, con la posibilidad que da el objeto de dejar huellas de la lectura, con la emoción de “hojear” un libro.

La frialdad, por el contrario, se la usa para referir a la lectura en pantalla. Este tipo de lectura en general se la vincula con una lectura que se realiza ya no por deseo o placer, como en el caso del libro, sino por necesidad. La pantalla pareciera incitar a una lectura veloz, superficial, utilitaria, relacionada muchas veces con los programas o aplicaciones de conversaciones.

2) Comodidad/Incomodidad
La comodidad pareciera estar del lado de los libros debido a su portabilidad, a una práctica ritual que incluye al ambiente en la lectura, invita a olvidarse del entorno y el tiempo para “meterse” en el relato.
Sin embargo, el autor le otorga una comodidad a la lectura en pantalla: “es más práctica para editar y trasladar textos”.

La incomodidad, colocada del lado de la lectura en pantalla, refiere a la disposición del texto en la pantalla que lo hace más difícil de manipular así como de controlar el acto mismo de lectura. Nunca estamos frente al texto completo, frente a un volumen acabado en presencia, a diferencia de lo que nos pasa frente a un libro. Por otro lado, pareciera no estar permitido el olvido del entorno. Las condiciones de lectura en pantalla se mantienen explicitadas todo el tiempo.

3) Concentración/Dispersión
El papel pareciera favorecer más la concentración ya que no hay otros elementos que dispersen como en la pantalla.

Sin embargo, no se puede decir que un tipo de soporte sea mejor que otro o que pueda reemplazarse uno por otro, ya que las lecturas en papel y en pantalla se consideran complementarias según las estrategias de lectura de cada lector.

Estrategias de lectura/navegación en la pantalla. Cap. 4 Págs. 142 y ss.

El autor establece una distinción entre usuario y navegador, dos actitudes que puede asumir una misma persona en diferentes momentos de una misma sesión.
Mientras el usuario es aquel que busca información, el navegador explora, investiga, recorre, se entretiene, pasea erráticamente, sin rumbo, más como un pasatiempos que como una tarea.
La navegación es el concepto usado para hablar del rol activo del lector, quien determina activamente el orden en el cual leen los nodos. En ese sentido, hay dos tipos de acciones:
*leer las páginas para encontrar un camino dentro del sitio (leer para navegar)
*navegar para encontrar y leer información para cumplir una meta (navegar para leer)
Esto demuestra que el concepto de lectura no es suficiente pero tampoco el de navegación. Entonces, el autor propone el uso del término lectura/navegación.
La pantalla propone un tipo de lectura que podemos llamar Pantallazo o Vistazo previo que se utiliza para decidir si se lee o no un texto en la PC. También se la puede pensar como una lectura provisional o transitoria, evaluativo, una “lectura en fuga” constante.
Pero también se puede pensar que propone una lectura lineal y un a lectura no lineal. Mientras la primera puede ser considerada una “lectura focalizada”, parecida a la del texto impreso, la lectura no lineal estaría vinculada con un tipo “no estructurado”, “mezclado”, “disparatado”, “incoherente”, que se usa para leer algo rápido.
El autor concluye como evidencia el carácter metamedium de la pantalla que genera estrategias de lectura dadas por la existencia de una multiplicidad de estímulos que invitan a otras prácticas diferentes a la lectura tradicional y todas compiten por la atención del lector.
De aquí, lo que el autor llama “Remediación de la lectura”: toma elementos de la lectura del impreso y genera otros nuevos y todos funcionan complementariamente según las metas y estrategias de lectura.

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Ficha: El proceso de lectura de Hipertextos, ¿una nueva forma de leer?

Este texto es un resumen de las conclusiones presentadas en el artículo “El proceso de lectura de Hipertextos, ¿una nueva forma de leer?” de Kenia Lugo de Usategui, publicado en la revista Educere. Investigación arbitrada. Año 9, N° 30. Jul/ag/Sep de 2005. Pág. 365/372
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La influencia de los soportes textuales en las prácticas de lectura: un recorrido por la historia de los textos escritos

Por Cecilia Reviglio

Éste es un texto que escribí especialmente para el curso de redacción, compilando lecturas diversas sobre la historia de la lectura y la manera en que los soportes de impresión de los textos han condicionado las prácticas de lectura.

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Dos entrevistas singulares en la era de la digitalización de la información

Por Cecilia Reviglio

La irrupción de las tecnologías de la comunicación y la información digitales (TIC) ha traído muchos cambios en los procesos de producción de la información y por tanto, en las rutinas de trabajo de los periodistas.
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El guardián de las palabras

Julio Villanueva Chang es el editor de una revista hecha en Perú, una referencia obligada en el mundo. Estuvo en Rosario, dando una conferencia para periodistas y habló con Rosario/12.

Por Julia Comba
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Gisel Patroni , después de la tragedia en Rosario: “Que las personas vivan intensamente y disfruten de cada minuto”

Una de las sobrevivientes de la explosión de Rosario concedió una entrevista a través de Facebook y contó su milagroso rescate

Por Juan Mascardi
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Ese hombre

Rodolfo Walsh
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El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga.
En la casa me recibe el secretario discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando.
Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano.
-Lo estaba esperando -dice.
-Tenía muchos deseos de conocerlo -aseguro.
Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio.
Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno.
-¿Café? -dice-. ¿Coñac?
Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables.
-A los imperios no los derriba nadie -dice-. Se pudren por dentro, se caen solos.
Solos, pienso.
Parece que adivina.
-Cuando alguien los empuja -dice, recuerda-. En este continente yo los he enfrentado -dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café.
-Café sin cafeína -dice el Viejo-. Es más sano. Mire Vietnam -dice.
Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm.
-Los militares yanquis -explica- son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército.
Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara.
-Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete.
Toma su café sin cafeína.
-Ya no les quedan amigos en el mundo -dice.
-Si estos se salvan -dice- será porque tienen dos océanos de por medio.
-Pero a usted lo derrocaron.
-A mí me derrocó la Sinarquía -aclara-. Después vinieron a buscarme. Los yanquis -dice, rememora-. Cuántas veces.
-Y usted.
Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo.
El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma.
-Me los manda Fidel -dice el Viejo-. Cómo están por allá.
-Siempre preguntan por usted.
Es cierto: siempre preguntan por él.
-Esperaban su visita -digo.
-Me hubiera gustado ir -suspira-. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú.
El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar.
El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de -un adversario que evolucionó-, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos.
-Tenía el fuego sagrado -dice el Viejo-. Lástima que no trabajara para nosotros -y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe.
-Él pensaba que había que apurarse.
-Sí, pero ya ve.
-Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros -digo-. Por eso estaban apurados.
-La guerra es larga -responde sin apuro.
Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante.
Si él quisiera, pienso.
La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista.
Pero el Viejo vuelve, se sienta.
-Otro café -dice.
De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe.
-Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo.
-Cuándo entonces -digo.
-Yo he esperado mucho.
Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos.
El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína.
-Es un buen muchacho -sugiere-. Le voy a contar un chiste -sugiere.
Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa.
Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone?
-¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario -dice el Viejo-. -Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria?
Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero.
Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer.
-Esa mujer -digo.
Su cara es gris. Una muralla.
-Creo que la quemaron -dice.
-No la quemaron -fantaseo-. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre.
-Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá.
-Y los otros muertos -quiero saber-. Los fusilados, los torturados.
Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes.
-El pueblo pedirá cuentas.
¿Cuándo?
-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57.
¿Por qué no ha vuelto a salir?
-Porque yo no he querido -dice.
¿Cuándo, general, cuándo?

Este cuento fue publicado en Walsh, Rodolfo (2007) Ese hombre y otros papeles personales. Edición y prólogo de
Daniel Link. Buenos Aires: De la Flor.

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